En ese terreno maldito Kurt no sabía qué hacer. Se preguntaba porque era
él, el que había acabado destinado a una dolorosa muerte.
Hacia adelante no veía más allá de las tinieblas del inframundo pero no se
podía dar la vuelta ya que sus perseguidores estaban al acecho.
En el inframundo era difícil sobrevivir, y más si has robado la corona de
la querida reina del dios de la muerte.
Sus dos compañeros estaban muertos y probablemente sufriendo las penas de
sus pecados en el Tártaro.
Siguiendo el mapa que Dédalo le dio, Kurt logró ocultarse de los
cancerberos y compañía, no por mucho tiempo, pero lo suficiente para descansar.
La misión ya no le importaba. Lo único que quería hacer era volver a Atenas
con su mujer e hijos para abrazarlos.
Pasaron dos horas hasta que sintió los pasos de los cazadores de Hades.
Al ser solo un esqueleto cazador y dos cancerberos Kurt decidió
emboscarlos.
Cogió a Némesis, su espada, por el mango y destrozó el cráneo de uno de los
perros del infierno, el cazador respondió rápido al súbito ataque y disparó su
ballesta.
Acertó, había acabado con la movilidad del brazo izquierdo de Kurt.
Kurt sabía que no saldría de esa encrucijada. La pelea no había acabado así
que mientras el cazador cargaba su arma,
Kurt hizo una finta y lanzó un tajo al cancerbero que cayó al rio Estigio y
murió.
En el fragor de la batalla Kurt olvidó a su último oponente el cual disparo
su ballesta a su espalda. Lo atravesó completamente, la saeta rebosaba sangre,
la sangre de un semidiós hijo de Zeus. Eso no iba a acabar así, respiró y se
alzó de valor.
Lanzó su espada hacia el cazador, este sorprendido paro la espada con la
ballesta, pero se descuidó y no vio que Kurt se lanzó llevándoselo consigo al
rio Estigio, el cual absorbió su alma y mató al cazador.
Kurt sentía como se apegaba a la muerte, el frio que se le extendía por
todo el cuerpo y lo último que fue de él fue un suspiro.
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